Hacía dos horas que habíamos llegado, el tiempo justo para dejar las maletas y la carpeta en el  apartamento, recoger las claves e ir a comer, antes de empezar el montaje. Yo no había estado nunca en Granada, pero todo el mundo me había dicho que era tan y tan bonita.

– Bueno, ¿nos contarás de qué trata esta exposición?

Estábamos a una terraza, ante la estatua de los Reyes Católicos, justo a primeros de la Gran Vía. El día siguiente, yo inauguraba mi último proyecto y mi padre y mi hermana se habían animado a acompañarme, sin saber muy bien que venían a ver.

Yo había pasado el mes de agosto encerrada en el taller de grabado, preparando la exposición, así que todavía no habíamos encontrado momento para comentarla. La exposición recogía el trabajo del verano, una muestra de unos 40 grabados. En un inicio el proyecto se planteó como una investigación sobre la enfermedad, pero, en su transcurso, el grabado se impuso para dar luz y sombra a una exposición que abrazaba el proceso: la necesidad de entender la práctica artística como prospectiva.

El grabado es una técnica exigente: pide paciencia y cura. Trabajas constantemente con nociones de tiempos concretos, de cantidades y proporciones químicas, también el espacio debe ser el adecuado, no es nada fácil encontrar taller y tórculo. El mismo proceso te pide planificar la imagen, identificar sus matices y programar los tiempos de cada mordida. Y, solo luego, llega el momento de estampar. En las pruebas de estado surgen los primeros imprevistos, calvas en la estampa, rozaduras, picados y dedos, entre otros. Y debes tenerlo todo muy limpio, eso sobre todo. Limpiarte las manos un montón de veces, bien refregadas en jabón, hasta que se te ablandan las improntas y crees que te has quedado sin huellas. Y acordarte de las pinzas, de que los papeles secantes no estén demasiado húmedos, ni sucios, y también de pasar petróleo por sobre la platina antes de estampar. Y a pesar de que hayas tenido la dedicación de dibujar el mejor de todos los registros, siempre andas sobre una fina línea entre tirantez e intriga y, a menudo,  levantando con cuidado el pliego de papel se impone, de todos modos, una mancha pequeña y muy negra, en medio del páramo crudo de un Rosa espina .

Esta es la primera lección que te llevas de un taller: siempre hay imprevistos.

Una vez perdido el miedo a un ritmo inevitablemente accidentado, puedes dejarte llevar por los caminos que este te da a conocer. Si algo tiene grabar, o hacerlo con inocencia, es la capacidad para revelar formas y eventualidades que se nos escapan: grabar es trabajar constantemente en la potencia de nuevos encuentros. Una cosa así como lo que decía Deleuze, de que «solo se piensa en el límite de la locura».

Del proceso del grabado consigues una matriz, una plancha grabada en relieve que al entintarse te permite reproducir la misma imagen en serie. La monotipia permite una única estampa. La algrafía o la punta seca en acetato aguantan ediciones limitadas, pues la plancha acaba muriendo. El aguafuerte, en cambio, soporta ediciones ilimitadas, una infinitud de imágenes.

El grabado sobre cobre permite trabajar la misma imagen innumerables veces, y en cada una de estas estampas se vuelve a limpiar y entintar la plancha en su totalidad, por lo que, a pesar de provenir de la misma matriz, nunca hay dos estampas iguales. Esta irregularidad no es nímia, pues contiene la potencialidad de establecer un diálogo con la imagen, de trabajarla en diferentes colores, luces y cantidades para explorar todas sus vertientes: te permite viajar en la imagen para encontrarte de muchas maneras. El grabado te pide encontrar una mirada nueva en cada estampa y, en su devenir, te confronta con múltiples posiciones. 

A mi padre, que es biólogo, todo esto del proceso y las miradas no le acabó de convencer y a mí cada vez me preocupaba más la inauguración.

– ¿Cómo que trabajas sin intención? Pero, a ver, ¿qué es lo que quieres explicar?

Siempre he pensado que si tuviera del todo claro qué es lo que quiero contar, no pintaría, tampoco dibujaría y, definitiva y consecuentemente, nunca hubiera descubierto el grabado. Quizás escribiría. Si lo tuviera todo claro, si supiera qué hay que decir, entonces no tendría espacio para hacerme preguntas  tampoco, ni para hacer, en general; ya estaría todo hecho. 

El camarero nos tomó nota. Déjame volver a empezar; el proyecto inicialmente pretendía ser una investigación sobre la enfermedad, podríamos decir que partía de una hipótesis. En el hacer, en el proceso, el que sería la fase de investigación y experimentación, me encontré con preguntas y respuestas naturales a otra cosa, a la propia práctica artística. 

El grabado no me colocó ante ninguna otra cosa que no fueran los ritmos propios de la vida, de la indeterminación. ¿Cómo podía yo, entonces, continuar limitándolo a ninguna lógica? Había encontrado, en el olor a tinta y petróleo, un lugar en que las cosas crecen por encima de nuestra voluntad, un  lugar en el que encontrarse con el accidente, el lugar en el que se despliegan las cosas; y me resultaba un lugar conocido, de cierto modo, ahí estaba la investigación sobre la enfermedad, sí sobre lo enfermizo. 

Yo lo que necesitaba eran maneras de lidiar con el conflicto y la práctica artística emprendida en prospectiva, contiene la posibilidad de vínculos para construir, a riesgo de encontrarse con lugares todavía inhóspitos.

Ya estábamos en los cafés que, a pesar de haber encontrado puntos de argumentación tanto razonables como elocuentes, no acabamos de sacar nada en claro. Se deshizo el azúcar y repicaban las cucharillas en las tazas; pedimos la cuenta y marché a montar.

El domingo, pasados los nervios de la inauguración, visitamos la Alhambra. Hacía poco había estado leyendo la biografía de M.C Escher, en la que aprendí que había estado tres días encerrado en el recinto, copiando los motivos de los celosías y las cenefas del alicatado. Yo me moría de ganas de ver y conocer los paisajes que habían llevado a Escher a preguntarse por la infinitud, lo que hay constantemente más allá. Aquello que lo había llevado a grabar todo tipo de metamorfosis, de formas indeterminadas capturadas precisamente en su devenir, en el ‘tomar forma’: aquello de entremedio, la virtud. Creo que Escher es el grabador de las potencialidades.

Conocí la obra de M.C Escher, de hecho, gracias a mi padre. En casa teníamos un libro que recogía parte de su obra y ya de muy pequeña me llamaron la atención todos aquellos módulos que tanto eran peces como pájaros, pero en esencia patrones y parajes inquietantes. Aquellas casas sin suelos ni tejados, los seres feos que las habitaban, también manos y criaturas que escapaban del papel y escaleras en las que se inspiró Hogwarts. 

No debe de ser casualidad, pero, que Escher encontrará dificultad en definirse como artista. Los grabados de Escher son la muestra de una persecución de lo indeterminado, una obsesión científicamente minuciosa en desentrañar las lógicas de lo que damos por sentado. En el mundo de Escher, los pájaros son peces, los techos, suelos y viceversa. Por eso el grabado de Escher es un mundo para la posibilidad y el encuentro. 

Leía en su diario: «The judgement of acquaintances and friends makes me feel that this is strange to them and they don’t know what to think of it. The reception is not conducive to the enthusiasm with which I am painstaking the tinkering and searching in that direction. I feel like other prints will be a disappointment as well, because in those I deviate even more so than in ‘Day and night’ from a desire for aesthetic satisfaction. The mathematical interest is becoming so dominant that I am wondering whether it is still trying to be art.»

Nos habíamos encontrado, grabando, en el mismo punto, pero mirando en direcciones diferentes. Compartíamos una noción de igual duda e incomprensión, pero sobre todo una voluntad férrea de seguir investigando.

Pasamos la mañana de domingo paseando entre los Palacios Nazaríes, jardines de flores delicadamente cuidadas y el ostentoso palacio de Carlos V. En las paredes se disponían imponentes todo tipo de ornamentaciones, no me costó entender qué fue lo que sedujo a Escher en los motivos arábigos. En todo tipo de colores se descubría la necesidad de entender: divisiones del plano, geometrías perfectas, formas que encajan unas con las otras, que se ordenan y se complementan: la apariencia de cierto orden, la instrucción de un sistema. Sistema del que emanarían todo tipo de creencias, lecturas de dimensiones sensibles, de la geometría sagrada y sobre la fe.

Y es precisamente en esta fe, que no tanto de confianza en una lectura oculta, sino precisamente de las lecturas múltiples y presentes en las que intentamos descubrir el encuentro, donde se manifiesta el espacio de lo común. 

Nada es nunca una sola cosa, sino el constante movimiento entre contrarios, de dimensiones que se conforman en sus límites, en el negativo: o la afirmación de ambos sentidos a la vez, una paradoja.

Publicado por Judit R

Artista plástica e ilustradora

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